martes 14 de julio de 2009

Nunca jamás

Nunca, nunca, nunca delante de un espejo, candyman, candyman, candyman me ha dicho.


Duermo entre raso y al raso, de una pared cuajada de estrellas verdes, fosforescentes. Qué mal imitan al firmamento, parecen los reflejos de la ciudad de los muertos. La hora, también se proyecta al cielo de Gotham. Sólo que no hay cielo. O éste no me mira tampoco. Así que parece otro pozo sin fondo al que tirar monedas, y que suene la música de una tragaperras.

—lucky lucky lucky—
—cerezas cerezas cerezas—

Tus párpados son de un sorprendente cartón transparente, a través del cual mis ojos de naftalina ven bailar a las polillas en la luz de la penumbra. Hasta las motas del polvo se sienten a salvo, de su color vagando rotando y travoltando, de la bola emparedada de espejo de la condesa de Sanghai.

Y, aquí las maderas no crujen… Dos leones verdes duermen sobre los guardianes. Y otro se estira sobre el campo de plumas verdes. Y los tulipanes verdes trepan por el amarillo al, verde. Porque todo es verde, hasta el gramófono del vampiro de peppermint que invita a ginger, ale a Fred, el bailarín de los sueños del fakir.


Porque todo es verde, excepto los ojos negros del papiro y llenos de raíces rojas, pero envueltos en rimmel verde de, nada más, crujientemente, celofán, que corre hasta la boca en ríos de pegajoso alquitrán.