Prueba
martes, 29 de diciembre de 2009
lunes, 28 de diciembre de 2009
Tell me why
Y si es respuesta, además de no poder llevar interrogación, lleva interacción o leva a la iteración. Es la redicha, pues. Como una felicidad manoseada. Una laudada cita que puede hinchar un corazón sin amasar, y un buen reposo. Pero al fin que el gas asciende y cuando escapa, sube él y no estaría mal que subiera solo. Solo que no sólo y qué solo me dejaste aquí, sin miga.
El calor es capaz de recordar el hueco esponjoso. Y el frío, congelarme para que no me vuelva duro y lleno de correas.
Ese día de dorado. De esplendor al salir del horno, por qué no en la hierba, si te vas de camping por la vida y en una mochila con la pegatina de un smiley, pase lo que pase, lo pases y lo repases replicando al graznido de cuervos y chotacabras: «aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse porque siempre en el recuerdo subsiste la belleza…»
Lo que sí que pasa que sucede porque se queda que algunos panes y con todas sus horas de horno, no dejan nunca de ser bimbos. El turismo en plástico. El "explendor" del que no brilla. Alérgicos a la gloria y con una memoria siempre fresca y sin corteza.
Que su día favorito es mañana.
Si todo el saber del tiempo se concentrara en una frase: «más largo que un día sin pan», mañana sería medible en panes luz. Porque mañana sería una estrella que brilla con plendor, ex.
¡Qué vino! y no, ¿qué vino?
Un pan solo con vino del frío pues no todo lo que fermenta se puede hornear o beber.
Un pan Fry, anti Rip van winkle. ¡Rip rip hurra. En el año 3000 (y pico): «Ya no volveré a ver a mis padres, ni a mi novia, ni a mis coleguitas… ¡Yuhuhú!». Lo malo en ese momento puede ser que tu pizza favorita sea la de anchoas y que el número secreto de tu milenaria cuenta sea la suma de los precios de tu pizza favorita + tu refresco favorito porque las anchoas se extinguieron hace por lo menos 500 años.
Puedes gastar todo tu dinerario en una subasta de antigüedades y también hacerte dueño de la única conserva de anchoas, milagrosamente protegida ya, por la refrigeración. Un misterio, sí.
Ávido busco en el periódico día la noticia del día. Y leo que aún no se han extinguido las anchoas. Y que se celebra la fiesta de la marmota.
Ando por ahí congelado, y más me dejas, no cuando me dejas. Cuando me abandonas por preguntar ¿por qué?
Es entonces que abro un ligero paréntesis. Y mientras te endulzo con el kit-kat sueño con la muerte de la sal.
Imagino el mar de oliva. La cúpula del cielo alumínica y a-lumínica. El aire vacío. El Polo como una densísima burbuja. Colón en pos del nuevo mundo en un huevo Fabergé.
Ssssigo diciendo que mi día favorito es mañana. Y mañana no me olvidaré de escribir una carta de agradecimiento a Carbonell y otra a de Longhi. Eso sí, sin remite, no me vayan a contestar a mi dirección de ayer y descubrir mañana que hoy tuve una respuesta.
A elegir:
martes, 22 de diciembre de 2009
El almendro
El almendro llora.
Después de una primavera en una inspiración tan profunda y un estornudo lleno de lágrimas nací yo, entré, entre diafragma e hipo.
Un diapasón loco de remate. Era un polen. Y ahora, soy un almendro.
Crezco en una mano izquierda, encima de un río cuando el mundo va al derechas y debajo, de siniestras...
Mis ramas son azules. Y una, cruda, cruza, parece querer abrazar al río de la otra mano. Al caudaloso, caudoloso... que hay días que parece el Amazonas en la época de botellas minerales copiosas. Forma meandros cuando mi rama no hincha pero se llena de yemas a punto de estallar. Y a pesar de los colores. Que sea, ojalá, en flores rosas, de las malditas, como frágolas. Fragantes gárgolas de fresa…
Sí, aquí hay que poner visillos color melocotón. O que llamaba el gigante egoísta, color rosa y perla. Yo hablo de colores y sólo puedo ver ¡el negro!, todo negro.
El negro de cada color, ese que los dibuja. Para mí el mundo es el negativo de una alfombra persa. Y la seda es por eso, dulce.
De lo único que me puedo acusar es de mis raíces, que asoman en los ojos a mirar. Crecen siempre ya, y cuando se asombran de otros árboles espléndidos, contentos, cargados de niños y de flores que ríen entre la hierba verde.
Desde el rincón más apartado del jardín estos ojos lloran de escozor y de invierno. Y es inútil ser alérgico a la primavera, como inútil un colirio. Nadie puede meter sus uñas en los ojos y calmarlos, sería como rascar un huevo frito. Desprendimiento de yema.
No rasca, y gana el picor sobre el icor. Rencorosa, indecorosa licorera del alma.
Decorativos jarrones broté y aquí están mis raíces, proyectadas en la sangre.
Inyectadas de las fuentes de ese Nilo de océanos arrastrando limos de un volcán de sobra pagado y nevado bajo el mar. ¿Cómo cortar una tapia de agua? ¿se pueden hacer aguajeros?
Pero si soy solo un almendro. ¿Cómo digo estas cosas? Es un problema de raíz y no de mano. Si al estar cabeza abajo como los árboles del capitán Grant he tenido que hacerme de una cabeza en la que sería mi parte inferior. Hay más plantas que crecen al revés de las lombrices. Esto se llama tuberculosis de la vista.
Y Niágaras de los pulmones.
Todo tiene su ventaja: expiras agua y eres receptor universal de ojos.
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—¿Y cómo va a acabar este cuento? O ¿qué fue del molinero? —que preguntó la rata de agua.
—Yo no lo sé —contestó el pardillo—. Ni me importa.
—Desde luego, que la simpatía no forma parte de tu carácter —Le chilló la rata.
—¿La qué? Creo —dijo la rata— que realmente deberías haberme dicho antes de empezar porque en ese caso no te hubiera escuchado. Hubiera dicho: ¡bah!
